El olvido de mí mismo

Prende la luz. Párate frente al espejo, por favor, me decía. Suelta la toalla. Mírate. Pero no podía hacerlo sin sentir repugnancia, vergüenza, indignación, impotencia, soledad, miedo. Miedo de ser siempre así. Coraje incluso. Contra Dios, contra los otros, contra mí mismo. Una masa amorfa invadida por estrías. Blancas, brillantes, infinitas. Estrías vivas, hambrientas, cubriéndome por todas partes, haciéndome temblar del asco. Mírate, por favor: eres hermoso. Estas piernotas, estos brazos gruesos, estas grandes nalgas, tu espalda anchísima, ¡por favor!, esta redonda, preciosa barriga. Mírate, insistía. Estos cachetes. Podría comerte los cachetes. Pero yo no quería mirarme. Deseaba, en cambio, hallar una manera de que la toalla me cubriera por completo. Él me abrazaba, me acariciaba por aquí y por allá con impaciencia, no sabía por dónde tomarme y me tomaba por todas partes. Y yo ardía en deseos, pero de no seguir con eso. Luego me mordisqueaba los pezones, con una mano penetraba mi entrepierna hasta asirme el miembro y, llegado a un punto, me tragaba los labios, la nariz, los cachetes, los ojos. Y era ahí, cuando me regalaba de nuevo el silencio y la oscuridad, que yo podía recuperar la paz y volver a entregarme al olvido de mí mismo.

Texto incluido en el libro Chinga tu madre, papá

Lo único que importa

No importa cuánto ame esta buena casa, su ancho corredor, la amplísima cocina, las habitaciones cálidas, un baño donde pude uno sentarse a cagar con las piernas estiradas si se quiere.
     No importan los chistes de mamá, que lo agarran a uno por donde menos se los piensa, ni su sonrisa —ah, su sonrisa, tan sincera y dulce— ni su carita presumida de recién bañada.
     No importan las calles empinadas de este pueblo, que subo con una agilidad en mí insólita, ni el humo con sabor a leña y a tortillas.
     Ni el ladrerío de los perros, lejano como un sueño, importa. Ni el cantar exacerbado de los gallos que inaugura la mañana importa. Ni el murmullo de las gentes que golpea los adobes de mi casa importa.
     La madrugada del martes me voy a la ciudad de México, y eso es lo único que importa.

Texto incluido en el libro Chinga tu madre, papá

Fe

Quienes sufren por amor aún tienen, pese a todo, fe en el amor. Los demás nos hemos acostumbrado a la amargura.

Texto incluido en el libro Chinga tu madre, papá

Higiénica, insípida juventud

El juego era así: con un dedo, trazaba toda clase de figuras (tréboles, peces, flechas, flores…) en distintas partes de su cuerpo para que él, sin abrir los ojos, intentara adivinarlas. El objetivo era sencillo: romper el hielo. Cada vez que arrastraba un dedo por su espalda, sin embargo, por su pecho, a lo largo de sus brazos, sobre la ajustada mezclilla de su pantalón, el hielo no sólo se rompía: estallaba en mil pedazos. Casi podíamos escucharlo.
     Era una de las noches más frías del año, estábamos a la intemperie, a mitad de un parque solitario, iluminados tan sólo por la luna llena, y aun así no podíamos dejar de sudar.

Cuando aquello de dibujar flechas invisibles me llevó, de modo natural, hasta su entrepierna, me dediqué primero a bordear ese montículo codiciado, y después, ya sin miramientos, a desgastar con caricias la ya de por sí desgastada mezclilla de su pantalón.
     Aquella criatura insólita, nunca antes vista, que habitaba en su entrepierna no hallaba sosiego. Se estremecía debajo de la ropa. Sufría espasmos. Y no se me ocurrió nada más para tranquilizarla —aunque acepto que quizá aquel método haya resultado contraproducente— que continuar acariciándola. La acaricié tanto y por tanto tiempo que no me di cuenta cuando la luna se escondió tras unas nubes negras.

Las manos no me alcanzaban para lo mucho que quería tocarlo por todas partes. Emilio —que así se llamaba aquel chico, según recuerdo— me hablaba de cómics, de personajes de videojuegos, de desencuentros con sus padres, con sus hermanos. Yo entornaba los ojos como si dentro de mí aquellas palabras desataran toda clase de arduas reflexiones, mientras con las manos desabotonaba, descorría y apartaba lo que fuera necesario. Estaba a tal punto entregado a aquella labor que no me di cuenta cuando, detrás de las nubes negras, resurgió la luna. Sólo recuerdo que, de pronto, iluminado en medio de la noche, descubrí su pequeño pene erecto.
     Resplandeciente.

Emilio empezó a hablarme, de estremecimiento en estremecimiento, de una especie de mal congénito que le impedía memorizar datos, ciertos detalles, a veces incluso episodios completos. Trataba de acordarse del nombre que se le daba a aquello. Supongo que intentaba contrarrestar de ese modo la angustia que le producía nuestro primer y único encuentro. Yo, en cambio, estaba consagrado a la mansa tarea de masticar aquel bocado inacabable.
     Cuando se le acababan las palabras, Emilio me pedía que hablara de algo, de lo que fuera, quería escuchar mi voz, me decía, y yo soltaba cosas como la luna volvió a esconderse, o te pareces mucho a uno de mis nietos, o ¿cuántos años dices que tienes? Pero siempre, invariablemente, ignoraba sus respuestas y volvía a abocarme a su higiénico pene, a saborear las mieles de su insípida juventud.

Texto publicado en errr-magazine.com el 20 de mayo de 2014

Obsesión

Debo soltarte, dejarte ir… ¡pero es que te odio tanto!

Texto incluido en el libro Chinga tu madre, papá

Aarona

La vida, la vida de verdad, no esta mierda insufrible, está a punto de empezar, se dijo Aarona. Estaba exhausta, pero aun así se dio ánimos: aguantá un cachito, vieja quisquillosa, y echó mano de las pocas fuerzas que había guardado para sus últimos años y alcanzó a tirar el banco donde estaba parada.
     La soga, entonces, se cerró alrededor de su cuello y se le hundió más allá de los pellejos. Paladeó el fin y el principio de su existencia como una sola cosa, los labios se le secaron, el cuerpo se le llenó de hormigas, se orinó toda y, apenas unos segundos después, no supo nada más de sí.
     Luego, como las cuerdas demasiado tensas de una guitarra desafinada, los ligamentos del cuello se le reventaron uno a uno, uno por uno, hasta que se oyó en la habitación —aunque nadie estuviera ahí para escucharlo— un fino crac y cruzó, al fin, el umbral adonde nadie sabe, a ese sitio tan temido y, a un mismo tiempo, anhelado, quizá a ese paraje ya sin soledad que soñó tantas veces, donde empezaría a dibujarse, a partir de ese punto, un mundo lleno de posibilidades nuevas ante sus ojos niños.

Aarona llegó, guiada por los recuerdos, a la ferretería. Saludó al gurí del mostrador con los restos de simpatía que aún reservaba para una ocasión como esa. Con una sonrisa franca desde donde se viera, pidió tres metros de soga. Cuatro, corrigió —más vale que sobre y no que falte, se dijo—, para después abrir, no sin dificultad, una mano llena de dedos retorcidos por la artritis como un cofre secreto en el que nadie, en cientos de años, hubiera husmeado hasta ese día. Sobre aquella palma, apareció una servilleta arrollada, dentro de la cual había un billete que entregó al dependiente de la ferretería sin deshacer, ni por un segundo, la sonrisa. De sus pequeños ojos grises, ojos de ochenta años con siete meses y doce días, de esos ojos transparentes por los que apenas alcanzaba a cruzar la luz, se escapaba un ligero resplandor parecido a la esperanza. Aguantá un cachito, pelotuda, se dio ánimos, aunque sin palabras. El empleado le extendió la soga dentro de una bolsa de papel y ella, ya sin preocuparse por el protocolo de la sonrisa, se dio media vuelta y se fue. El gurí del mostrador intentó detenerla a gritos, pero Aarona, resuelta a todo, no quiso o no pudo escuchar algo sobre unas monedas que le sobraban.
     Aguantá un cachito, repitió para sí misma sin mover siquiera los labios.

El alto índice de suicidios en Uruguay preocupa a las autoridades, alertó el conductor del noticiero vespertino, pero hacía tiempo que sólo encendía el televisor para sentirse acompañada por sus murmullos y fantasmas.
     A veces creía que alguno de sus hijos la llamaba desde una de las habitaciones de la casa —esa que a veces le parecía enorme para ella sola y otras tan pequeña que sentía que se ahogaba—, pero no era más que el runrún de la tanda comercial. En otras, en las largas horas que dedicaba a sentarse en la cocina sin nada que hacer, veía cómo una luz alargada flanqueada por una sombra vacilante avanzaba por las paredes y se perdía en el techo, y pensaba que alguno de los suyos regresaba después de tantos años. Pero siempre se equivocaba. Por eso no le importó irse quedando ciega y sorda. Y tampoco le habría molestado, en lo más mínimo, quedarse muda. ¿Cuál problema si ya no hablaba con nadie?, ¿viste?
     El gil de las noticias continuaba diciendo que Uruguay tenía la tasa de suicidios más elevada de América Latina a razón de dieciséis punto seis casos por cada cien mil personas, pero Aarona no se dio ni por enterada. Sólo se dedicaba a tronarse los retorcidos dedos de las manos, endurecidos por la artritis, y a ver, a través de esa soledad ennegrecida que siempre la acompañaba, o de esa negritud tan solitaria, aquella posibilidad que no le cabía en el pecho, pero que, pese a todo, le parecía la única.

Años atrás, cuando aún podía ver y escuchar y moverse lo suficiente para andar, resuelta, por las calles de Paysandú, lo necesario para ir a presenciar la agonía de las tardes junto al río Uruguay, se empeñó en buscar un laburo para llenar las horas que, a la vuelta de los años, no sabía ni cómo, la vida le fue vaciando de todo. Pero por más que se esforzó no logró que nadie la contratara. La verdad es que adonde iba la veían, por su edad, como un estorbo. Aún no era tan vieja como llegaría a serlo, es cierto, pero tampoco era la pebeta aquella que se casó a los veinte, que antes de los treinta tuvo a sus hijos, que un cuarto de siglo después, sin saber bien ni cómo, se quedó perfectamente sola. No era aquella mujer fuerte, decidida a plantarle cara a lo que viniera pese a rasguñar ya los sesenta. De esa simpatía que caracteriza a quienes tienen la fortuna de llevar aquel nombre, Aarona, según leyó alguna vez en una revista, no le quedaba a los sesentipico casi nada.
     Un día, parada junto al río Uruguay, contempló su destino: morirse de tristeza, y la idea la aterró a tal punto que —esa fue la primera vez que se lo dijo— valdría más morirse de cualquier otra cosa. De lo que fuera, ¿viste?

La última vez que vio a alguien carne de su carne, sangre de su sangre, fue hace tanto que bien podría haber sido un sueño, un fantasma configurado por las luces del televisor, un anuncio de detergentes convertido, por la sordera y el anhelo, en un hola, mamá.
     Un día cualquiera empezó a darles forma a historias de ficción hiladas con retazos de recuerdos, a atesorar recuerdos desdibujados que bordeaban mundos de fantasía, a llorar por destellos de luz precedidos por una serie de vagos murmullos, como si todo aquello hubiera salido de sus entrañas, espectros que bautizaba, a falta de una memoria más eficaz, con los primeros nombres que se le venían a la cabeza. Al principio de aquel periodo tuvo la lucidez apenas necesaria para darse cuenta de que, a poco que se descuidara, se volvería loca. Pero, contrario a lo que pudiera esperarse, esa lucidez, en vez de apagarse, se extendió a lo largo y ancho de su entendimiento, y entonces decidió, en sus cinco sentidos, que, en vez de alargar la agonía que significaba estar consciente de aquella vida sin sentido que le había tocado vivir, valía más volverse loca, y eligió quedar completamente trastornada.

Aarona se había quedado dormida, una vez más, en la cocina frente a un mate ya frío. Madre, le tocó el hombro, y ella renació de sus cenizas. Y luego dijo algo más, pero a ella no le importó en lo más mínimo lo que él le decía, sino que se lo dijera, que dijera algo, cualquier cosa. Madre, ¿me escuchás? Y ella, aunque tenía años completamente sorda, se deleitó con aquella palabra que adivinó en sus labios: madre.
     Aarona, aunque hacía tiempo que tampoco veía sino destellos esporádicos entre sombras brumosas, se dedicó a mirarlo de arriba abajo: alto, ojos grises, como los suyos, una melena larga, mi chiquilín rebelde, pensó, una melena rubia y lacia, los hombros anchos de su padre y unas manos grandes y amables que la invitaban a levantarse. Apenas le cupo todo aquello en las entendederas, pegó un brinco y se apresuró a abrazarlo. Lo hizo por un minuto, o varios, o incluso por media hora, una o dos horas, o hasta más. Su cuerpo flaco pero firme, palpable, real, las costillas donde tendrían que estar unas costillas de verdad, aquellos brazos gruesos y cálidos que la rodeaban sin lugar a dudas y esa voz que no se cansaba de repetir esa palabra que la mantenía en pie: madre.
     Ella, aunque sin echar mano de la voz, no se cansaba de suplicar, porque en el fondo sabía de qué se trataba todo aquello, porque en el fondo no estaba tan loca como le hubiera gustado estarlo aquella vez, por eso imploraba una y otra vez, pero sin mover apenas los labios: aguantá un cachito, hijo mío, un cachito y ya.

Según datos oficiales, la mayoría de las personas que se suicidan en Uruguay son mayores de sesenta y cinco años y adolescentes, publicó un diario la mañana en que Aarona se dijo en secreto que la vida, la vida de verdad, no esa mierda insufrible que le había tocado vivir, estaba a punto de empezar, y cayó en un sinsaber profundo y acogedor, en una obscuridad que se le metió por todas partes, en un silencio que le fue quebrando, uno a uno, todos los huesos, en una paz que le arrancó las venas desde las muñecas hasta las axilas, de los muslos a los tobillos, e hizo estallar en mil pedazos su blando cerebro y le abrasó los ojos y los labios y le prendió fuego a lo que hubiera quedado de su cuerpo y, aun después, la entregó a algo que no es que sea eso, pero no sé cómo llamarle, excepto felicidad.

Texto publicado en el número 12 de la revista Pánico