Higiénica, insípida juventud

El juego era así: con un dedo, trazaba toda clase de figuras (tréboles, peces, flechas, flores…) en distintas partes de su cuerpo para que él, sin abrir los ojos, intentara adivinarlas. El objetivo era sencillo: romper el hielo. Cada vez que arrastraba un dedo por su espalda, sin embargo, por su pecho, a lo largo de sus brazos, sobre la ajustada mezclilla de su pantalón, el hielo no sólo se rompía: estallaba en mil pedazos. Casi podíamos escucharlo.
     Era una de las noches más frías del año, estábamos a la intemperie, a mitad de un parque solitario, iluminados tan sólo por la luna llena, y aun así no podíamos dejar de sudar.

Cuando aquello de dibujar flechas invisibles me llevó, de modo natural, hasta su entrepierna, me dediqué primero a bordear ese montículo codiciado, y después, ya sin miramientos, a desgastar con caricias la ya de por sí desgastada mezclilla de su pantalón.
     Aquella criatura insólita, nunca antes vista, que habitaba en su entrepierna no hallaba sosiego. Se estremecía debajo de la ropa. Sufría espasmos. Y no se me ocurrió nada más para tranquilizarla —aunque acepto que quizá aquel método haya resultado contraproducente— que continuar acariciándola. La acaricié tanto y por tanto tiempo que no me di cuenta cuando la luna se escondió tras unas nubes negras.

Las manos no me alcanzaban para lo mucho que quería tocarlo por todas partes. Emilio —que así se llamaba aquel chico, según recuerdo— me hablaba de cómics, de personajes de videojuegos, de desencuentros con sus padres, con sus hermanos. Yo entornaba los ojos como si dentro de mí aquellas palabras desataran toda clase de arduas reflexiones, mientras con las manos desabotonaba, descorría y apartaba lo que fuera necesario. Estaba a tal punto entregado a aquella labor que no me di cuenta cuando, detrás de las nubes negras, resurgió la luna. Sólo recuerdo que, de pronto, iluminado en medio de la noche, descubrí su pequeño pene erecto.
     Resplandeciente.

Emilio empezó a hablarme, de estremecimiento en estremecimiento, de una especie de mal congénito que le impedía memorizar datos, ciertos detalles, a veces incluso episodios completos. Trataba de acordarse del nombre que se le daba a aquello. Supongo que intentaba contrarrestar de ese modo la angustia que le producía nuestro primer y único encuentro. Yo, en cambio, estaba consagrado a la mansa tarea de masticar aquel bocado inacabable.
     Cuando se le acababan las palabras, Emilio me pedía que hablara de algo, de lo que fuera, quería escuchar mi voz, me decía, y yo soltaba cosas como la luna volvió a esconderse, o te pareces mucho a uno de mis nietos, o ¿cuántos años dices que tienes? Pero siempre, invariablemente, ignoraba sus respuestas y volvía a abocarme a su higiénico pene, a saborear las mieles de su insípida juventud.

Texto publicado en errr-magazine.com el 20 de mayo de 2014

Obsesión

Debo soltarte, dejarte ir… ¡pero es que te odio tanto!

Texto incluido en el bonus del libro Chinga tu madre, papá

Aarona

La vida, la vida de verdad, no esta mierda insufrible, está a punto de empezar, se dijo Aarona. Estaba exhausta, pero aun así se dio ánimos: aguantá un cachito, vieja quisquillosa, y echó mano de las pocas fuerzas que había guardado para sus últimos años y alcanzó a tirar el banco donde estaba parada.
     La soga, entonces, se cerró alrededor de su cuello y se le hundió más allá de los pellejos. Paladeó el fin y el principio de su existencia como una sola cosa, los labios se le secaron, el cuerpo se le llenó de hormigas, se orinó toda y, apenas unos segundos después, no supo nada más de sí.
     Luego, como las cuerdas demasiado tensas de una guitarra desafinada, los ligamentos del cuello se le reventaron uno a uno, uno por uno, hasta que se oyó en la habitación —aunque nadie estuviera ahí para escucharlo— un fino crac y cruzó, al fin, el umbral adonde nadie sabe, a ese sitio tan temido y, a un mismo tiempo, anhelado, quizá a ese paraje ya sin soledad que soñó tantas veces, donde empezaría a dibujarse, a partir de ese punto, un mundo lleno de posibilidades nuevas ante sus ojos niños.

Aarona llegó, guiada por los recuerdos, a la ferretería. Saludó al gurí del mostrador con los restos de simpatía que aún reservaba para una ocasión como esa. Con una sonrisa franca desde donde se viera, pidió tres metros de soga. Cuatro, corrigió —más vale que sobre y no que falte, se dijo—, para después abrir, no sin dificultad, una mano llena de dedos retorcidos por la artritis como un cofre secreto en el que nadie, en cientos de años, hubiera husmeado hasta ese día. Sobre aquella palma, apareció una servilleta arrollada, dentro de la cual había un billete que entregó al dependiente de la ferretería sin deshacer, ni por un segundo, la sonrisa. De sus pequeños ojos grises, ojos de ochenta años con siete meses y doce días, de esos ojos transparentes por los que apenas alcanzaba a cruzar la luz, se escapaba un ligero resplandor parecido a la esperanza. Aguantá un cachito, pelotuda, se dio ánimos, aunque sin palabras. El empleado le extendió la soga dentro de una bolsa de papel y ella, ya sin preocuparse por el protocolo de la sonrisa, se dio media vuelta y se fue. El gurí del mostrador intentó detenerla a gritos, pero Aarona, resuelta a todo, no quiso o no pudo escuchar algo sobre unas monedas que le sobraban.
     Aguantá un cachito, repitió para sí misma sin mover siquiera los labios.

El alto índice de suicidios en Uruguay preocupa a las autoridades, alertó el conductor del noticiero vespertino, pero hacía tiempo que sólo encendía el televisor para sentirse acompañada por sus murmullos y fantasmas.
     A veces creía que alguno de sus hijos la llamaba desde una de las habitaciones de la casa —esa que a veces le parecía enorme para ella sola y otras tan pequeña que sentía que se ahogaba—, pero no era más que el runrún de la tanda comercial. En otras, en las largas horas que dedicaba a sentarse en la cocina sin nada que hacer, veía cómo una luz alargada flanqueada por una sombra vacilante avanzaba por las paredes y se perdía en el techo, y pensaba que alguno de los suyos regresaba después de tantos años. Pero siempre se equivocaba. Por eso no le importó irse quedando ciega y sorda. Y tampoco le habría molestado, en lo más mínimo, quedarse muda. ¿Cuál problema si ya no hablaba con nadie?, ¿viste?
     El gil de las noticias continuaba diciendo que Uruguay tenía la tasa de suicidios más elevada de América Latina a razón de dieciséis punto seis casos por cada cien mil personas, pero Aarona no se dio ni por enterada. Sólo se dedicaba a tronarse los retorcidos dedos de las manos, endurecidos por la artritis, y a ver, a través de esa soledad ennegrecida que siempre la acompañaba, o de esa negritud tan solitaria, aquella posibilidad que no le cabía en el pecho, pero que, pese a todo, le parecía la única.

Años atrás, cuando aún podía ver y escuchar y moverse lo suficiente para andar, resuelta, por las calles de Paysandú, lo necesario para ir a presenciar la agonía de las tardes junto al río Uruguay, se empeñó en buscar un laburo para llenar las horas que, a la vuelta de los años, no sabía ni cómo, la vida le fue vaciando de todo. Pero por más que se esforzó no logró que nadie la contratara. La verdad es que adonde iba la veían, por su edad, como un estorbo. Aún no era tan vieja como llegaría a serlo, es cierto, pero tampoco era la pebeta aquella que se casó a los veinte, que antes de los treinta tuvo a sus hijos, que un cuarto de siglo después, sin saber bien ni cómo, se quedó perfectamente sola. No era aquella mujer fuerte, decidida a plantarle cara a lo que viniera pese a rasguñar ya los sesenta. De esa simpatía que caracteriza a quienes tienen la fortuna de llevar aquel nombre, Aarona, según leyó alguna vez en una revista, no le quedaba a los sesentipico casi nada.
     Un día, parada junto al río Uruguay, contempló su destino: morirse de tristeza, y la idea la aterró a tal punto que —esa fue la primera vez que se lo dijo— valdría más morirse de cualquier otra cosa. De lo que fuera, ¿viste?

La última vez que vio a alguien carne de su carne, sangre de su sangre, fue hace tanto que bien podría haber sido un sueño, un fantasma configurado por las luces del televisor, un anuncio de detergentes convertido, por la sordera y el anhelo, en un hola, mamá.
     Un día cualquiera empezó a darles forma a historias de ficción hiladas con retazos de recuerdos, a atesorar recuerdos desdibujados que bordeaban mundos de fantasía, a llorar por destellos de luz precedidos por una serie de vagos murmullos, como si todo aquello hubiera salido de sus entrañas, espectros que bautizaba, a falta de una memoria más eficaz, con los primeros nombres que se le venían a la cabeza. Al principio de aquel periodo tuvo la lucidez apenas necesaria para darse cuenta de que, a poco que se descuidara, se volvería loca. Pero, contrario a lo que pudiera esperarse, esa lucidez, en vez de apagarse, se extendió a lo largo y ancho de su entendimiento, y entonces decidió, en sus cinco sentidos, que, en vez de alargar la agonía que significaba estar consciente de aquella vida sin sentido que le había tocado vivir, valía más volverse loca, y eligió quedar completamente trastornada.

Aarona se había quedado dormida, una vez más, en la cocina frente a un mate ya frío. Madre, le tocó el hombro, y ella renació de sus cenizas. Y luego dijo algo más, pero a ella no le importó en lo más mínimo lo que él le decía, sino que se lo dijera, que dijera algo, cualquier cosa. Madre, ¿me escuchás? Y ella, aunque tenía años completamente sorda, se deleitó con aquella palabra que adivinó en sus labios: madre.
     Aarona, aunque hacía tiempo que tampoco veía sino destellos esporádicos entre sombras brumosas, se dedicó a mirarlo de arriba abajo: alto, ojos grises, como los suyos, una melena larga, mi chiquilín rebelde, pensó, una melena rubia y lacia, los hombros anchos de su padre y unas manos grandes y amables que la invitaban a levantarse. Apenas le cupo todo aquello en las entendederas, pegó un brinco y se apresuró a abrazarlo. Lo hizo por un minuto, o varios, o incluso por media hora, una o dos horas, o hasta más. Su cuerpo flaco pero firme, palpable, real, las costillas donde tendrían que estar unas costillas de verdad, aquellos brazos gruesos y cálidos que la rodeaban sin lugar a dudas y esa voz que no se cansaba de repetir esa palabra que la mantenía en pie: madre.
     Ella, aunque sin echar mano de la voz, no se cansaba de suplicar, porque en el fondo sabía de qué se trataba todo aquello, porque en el fondo no estaba tan loca como le hubiera gustado estarlo aquella vez, por eso imploraba una y otra vez, pero sin mover apenas los labios: aguantá un cachito, hijo mío, un cachito y ya.

Según datos oficiales, la mayoría de las personas que se suicidan en Uruguay son mayores de sesenta y cinco años y adolescentes, publicó un diario la mañana en que Aarona se dijo en secreto que la vida, la vida de verdad, no esa mierda insufrible que le había tocado vivir, estaba a punto de empezar, y cayó en un sinsaber profundo y acogedor, en una obscuridad que se le metió por todas partes, en un silencio que le fue quebrando, uno a uno, todos los huesos, en una paz que le arrancó las venas desde las muñecas hasta las axilas, de los muslos a los tobillos, e hizo estallar en mil pedazos su blando cerebro y le abrasó los ojos y los labios y le prendió fuego a lo que hubiera quedado de su cuerpo y, aun después, la entregó a algo que no es que sea eso, pero no sé cómo llamarle, excepto felicidad.

Texto publicado en el número 12 de la revista Pánico

Joto y su príncipe azul

Si alguien se acuesta con hombre como si se acostara con una mujer,
se condenará a muerte a los dos,
y serán responsables de su propia muerte,
pues cometieron un acto infame.

Levítico, 20:13



—¿Quieres un cigarro? —me preguntó el taxista, un hombre cuarentón, alto, medianamente atractivo, con cara de matón, pero de esos matones que no matan una mosca. Al menos eso me pareció en cuanto lo vi.
     Era la noche más cálida de agosto en una ciudad desde siempre condenada al infierno.
     —¿Quieres un cigarro, güero? —insistió.
     —Sí… gracias… —alcancé a responder con un hilito de voz. Jamás en la vida, ni por error, había fumado, pero ¿acaso eso importaba? Era la noche más cálida de agosto y yo, a decir verdad, estaba que ardía.
     Acto seguido, se estiró en el asiento y rescató de uno de los bolsillos de sus ajustadísimos pantalones de mezclilla unos delicados sin filtro.
     Yo, no sé por qué, o quizá porque desde que salí de casa estaba decidido a quitarme la virginidad de encima a como diera lugar, me había sentado a su lado y no dejé ir la oportunidad de ver de reojo, casi como por descuido, el enorme paquete de su entrepierna.
     —¿Te gusta? —lanzó.
     —¿Eh…? Disculpe…
     —¿Fumar cigarros sin filtro? —completó. Y dejó escapar una sonrisa burlona absolutamente encantadora.
     Era la noche más cálida de agosto, la más sofocante. Todo aquello me robaba el aliento. Tenía empapados de sudor el cuello, la espalda. Y, cuando menos pensé, ya no fue necesario que el taxista me ofreciera fuego para encender aquel cigarro, pues la ciudad entera era arrasada por las llamas, y yo, a mis catorce años, quería que esas llamas me abrasaran, consumieran, capa por capa, la carne de mis huesos, licuaran todas mis partes blandas, me desfiguraran por completo y, al final, si era preciso, redujeran cuanto hubiera sido de mi cuerpo a simples cenizas.
     Era la noche más cálida de agosto y, cuando menos pensé, ya se la estaba mamando.

La Generala, como algunos llamaban a mamá, jamás lo habría consentido. ¿Tener un hijo homosexual? ¡Ni loca! Sus sobrinos, todos tan altos, tan guapos, tan novieros, ¿y su hijo joto? Sobre su cadáver.
     Muchas veces quizá intuyó esa mala semilla que había en mí. Por eso no era raro que hiciera comentarios sobre su irrenunciable desprecio a esos que ella no se cansaba en llamar mamarrachos: qué asco, qué pecado, ¿qué no tienen padres que los metan en cintura?, ¡maten a esos malnacidos, ya no se puede voltear a ningún sitio sin encontrarse a uno, Dios santo!
     —¿Verdad, hijo, que son un asco y no hay que tolerarlos, que más valdría que los mataran?
     No había forma de contradecirla en ningún tema, ni qué decir de este —hacerlo alguna vez por algo mucho menos grave ya me había costado una paliza—, así que yo, con la voz apenas audible que me caracterizaba, contestaba siempre lo que ella quería escuchar: son un asco, no hay que tolerarlos, que los maten.

—Toda. Trágatela toda —me dijo el taxista, pero aquello no era una sugerencia: me jaló de la nuca y su verga se incrustó en mi garganta.
     Era la noche más cálida de agosto y las llamas arrasaban la ciudad, pero, de pronto, ya no quería fundirme en una hoguera ni ser reducido al polvo del que venimos ni entregar mi vida por una pasión que, sin darme cuenta, se había convertido en escarcha.
     Quería escapar a toda costa. Y respirar. Quería respirar porque aquella monstruosidad, la verga que en principio me pareció perfecta —grande, gruesa, una verga con olor a verga de hombre de verdad, la primera verga, por cierto, que probaba en la vida— me ahogaba. Quería sacarme esa maldita verga de la garganta e irme de ahí porque, de un segundo a otro, la ciudad más cálida del país, el infierno en la tierra, como era conocida en todos lados, se tornó gélida, bien podía notarlo en la piel y en la sangre y en la columna vertebral de arriba abajo. Estaba muerto de miedo.

Me habría gustado, mil veces se lo confesé en secreto a Rosario, mi mejor amiga de la escuela, conocer a un chico, coquetear con él, que, de pronto, me invitara a algún lado, al cine, por ejemplo, y que fuera por mí a la casa y mi padre lo interrogara: ¿es usted un buen estudiante, jovencito?, ¿puedo confiarle a mi único hijo?, y que después él mismo, mi padre —ay, mi padre…—, nos fuera a dejar a la función de las cinco de los Cinemas Gemelos. Me habría encantado, se lo decía siempre a Rosario, que después de dos o tres salidas aquel niño me pidiera ser su novio y me presentara a su familia, que sus papás nos dejaran andar a condición de no descuidar los estudios. Todo lo había imaginado. Muchas veces me había quedado hasta la madrugada soñando despierto.
     —La Generala jamás va a permitirlo —me paraba en seco Rosario—. Primero te mata.
     Tenía razón. Tal vez si mi padre no hubiera muerto cuando yo tenía dos años… Pero ya no tenía remedio.

El taxista se cansó de cogerme por la boca y, con una sola mano, me agarró de la cara y la acercó a la suya. Pensé que iba a besarme y a darme las gracias, pero, en vez de eso, me lanzó un escupitajo, me aventó al suelo y me agarró a patadas.
     —¿Esto querías, puto de mierda?
     Yo no sabía en qué lugar apartado de la ciudad estábamos ni me importaba. Sólo quería que acabara todo aquello. Me juré, en secreto, no volver a desobedecer a mamá. Aunque esa era la primera vez, jamás volvería a salir en medio de la noche, a escondidas, en busca de una aventura.
     —Agárrate, putito, porque apenas va a empezar lo bueno —me advirtió el taxista y, aunque de aquel fuego nocturno que me llevó a salir de casa ya no quedaba nada, una llamarada igual de intensa, pero distinta, me abrasó por dentro.

Todo le era dable exigir: excelencia académica, que cumpliera a tiempo y a la perfección con las labores de la casa que me encomendaba, que jamás en la vida me atreviera a contradecirla. Si no la complacía, no servía yo para nada, una tunda de bofetadas, ¿para esto había tenido ella un hijo?
     Su favorita era:
     —Si tu padre viviera… ¡Me tienes harta!
     Por eso le decían la Generala: nada de saliditas ni de fiestas con los de la escuela ni de andar recibiendo visitas, ¿qué es esto: un hotel?
     Así era mi madre. Yo la odiaba. Algunas veces deseaba matarme para vengarme de sus palabras. Otras, en cambio, quería morirme sólo para estar tranquilo. Algunas más pensaba que, si me moría, podría reencarnar en una niña tan linda y resuelta como mi amiga Rosario, y así no tendría que lidiar con la aberración de ser un chico al que le gustan otros chicos. Lo cierto es que siempre, pero siempre siempre, quería morirme.

Fue un estallido en medio de la nada. Y, aunque la noche estaba cerrada y oscurísima, una espuma blanca me llenó los ojos, y después fueron flashazos de luz que iban y venían, iban y venían.
     No podía más. La mierda me escurría por las piernas. Estaba completamente cagado. Todo me ardía por dentro y/
     —¿Esto es lo que querías, no, chiquito? —oí una voz. Sabía que era la de él, pero podía ser la de cualquiera. Supongo que, aunque mi cuerpo estaba ahí, yo ya me había desdoblado.
     —¿Esto querías, no?
     —Y respondí con un hilito de voz más delgado aun que aquel con el que solía hablar. Dije: no.
     —¿Ah, no? —se sacó el cinturón del pantalón—. Atrévete a decirme otra vez que no, hijo de tu puta madre —y lo alzó en el aire—. Vuélveme a decir que no, mierdita.
     Pero ya no me dio tiempo de responder.

La Generala me enseñó a tal punto a despreciar a los homosexuales —y quizá, ahora que lo pienso, no era tanto que mi madre los odiara, sino que me odiaba a mí— que mis fantasías empezaron a transformarse. Dejé de pensar en mí como un chico que encontraba a otro chico para ser felices los dos. Una noche, por ejemplo, soñé —y lo soñé tanto que me amanecí soñándolo— que me convertía en princesa. Sí, una princesa que, en su tierna juventud, encuentra al príncipe azul de su vida. Mi media naranja en la figura de un valeroso caballero que, ni tardo ni perezoso, me confesaba: pequeña, mi más caro deseo es hacerte feliz.
     Por eso, cuando alguna vez, ya en la secundaria, la Georgie, como le decíamos al maricón del salón, me propuso ser su novio sin que, según yo, le hubiera dado ningún motivo, me pareció una aberración, lo vi con todo el asco del que era capaz y le pregunté, casi a gritos, si estaba loco, por qué mierda me decía a mí aquello, que si yo tenía cara de joto, como él, y lo empujé y lo tiré al suelo y, aunque jamás me había atrevido a golpear a nadie, me monté sobre él y no dejé de pegarle hasta que me lo arrebataron de las manos.
     Después de eso, Rosario jamás volvió a hablarme.

Cuando ya no tenía más fuerzas para suplicar, el taxista soltó el cinturón y me arrancó a jalones la poca ropa que me quedaba. Aún la tenía parada y vi en sus ojos que estaba dispuesto a continuar las cosas por donde las había dejado.
     Entonces fue cuando grité. Grité como nunca había tenido el valor de gritarle a mi madre. Grité como nunca pude gritar ante toda la escuela que sí, que yo era joto. Grité como no pude gritarle a Dios, a la vida, por haberse llevado a papá y dejarme con la Generala. Grité y, sin saber ni cómo, salí corriendo en medio de no sé dónde. Corrí con todas las fuerzas que creía perdidas. Corrí y corrí y corrí. El aire chocaba contra mi cuerpo desnudo y sentí, por un momento, que esa era la libertad. Después hubo un estruendo y, al instante, tuve la sensación de que de mi espalda manaban lenguas de fuego, pero, aun así, no dejaba de correr. Seguí corriendo aún por horas, hasta que choqué con un príncipe azul que, al verme, me cargó en brazos, me acunó contra su pecho y juntos cruzamos, así, un arco de flores.

Texto publicado el 1 de abril de 2014 en errr-magazine.com

Ansiedad

Me hacen falta una lluvia de basura, lodo en los tenis, el sabor de una cerveza caliente y aquellas ganas irreprimibles de sacármela y mear en un vaso de cartón. Quiero que empiece a tocar la banda y hacerme mierda en el slam. Necesito sudar y olvidarme de casi todo lo demás.

Texto incluido en el bonus del libro Chinga tu madre, papá

El ingenio de Matías

Matías empuña con firmeza una vieja linterna que robó de la caja de herramienta. Un extenuado hilo de luz se abre paso, con dificultad, a través del pasillo, por el cual Matías avanza lenta, sigilosamente, con la aguda mirada de los gatos. El odio le frunce el entrecejo. Matías llega a la cocina: que no se despierte; alcanza una gaveta y la abre con dulzura: está decidido; escoge un cuchillo, el más grande, y lo toman con seguridad y eficiencia sus deditos tiernos, el delicioso rencor que está a punto de vengarse.
     Matías abandona la linterna sobre una barra y se dirige, en la más absoluta obscuridad, a ese cuarto: aun con siete años, no tiene dudas. La puerta se abre con facilidad, como invitándolo a proceder, y procede —el espíritu de dicha rebosado, la boca sonriéndole de gusto— a atravesarle de un tajo el corazón: papá, aquí te mueres; la redonda panza, sin problemas, varias veces: a rajársela; hasta que el cuerpo queda hecho jiras, mierda: al fin, muerto.
     Entonces, sólo entonces, Matías puede quedarse tranquilo, olvidar las cintarizas, los puñetazos, las patadas. Se consumen en su pecho los resentimientos, los castigos de hincado cuatro horas contra la pared, las amenazas de te voy a chingar si me sales putito. Se siente aliviado. No sigue repasando las humillaciones de caminas como niña, lanzas la pelota como niña, esa vocecita emputecida de los maricones. Imaginar que mata a su papá vívida, minuciosamente, lo ayuda a liberarse.
     Aunque a veces, cuando son demasiado sanguinarias, Matías regresa de sus fantasías con un ligero resabio de culpa. Pero le dura poco: apenas dos o tres buenas patadas en las nalgas: camina como los hombres; un par de reatazos en las piernas, en la espalda: habla fuerte, chingado, parece que no tienes güevos; después de lo cual puede volver a fantasear sin consideraciones con aniquilar a su padre: rebanarle el cuello, pasarle el filo del cuchillo por la cara, clavárselo en el sexo. Hasta que queda satisfecho, congraciado con la vida: están su papá y él a mano.

Texto publicado en el número 15 de la revista Altanoche y en el volumen 2, número 10, de la edición mexicana de la revista Vice