El ingenio de Matías

Matías empuña con firmeza una vieja linterna que robó de la caja de herramienta. Un extenuado hilo de luz se abre paso, con dificultad, a través del pasillo, por el cual Matías avanza lenta, sigilosamente, con la aguda mirada de los gatos. El odio le frunce el entrecejo. Matías llega a la cocina: que no se despierte; alcanza una gaveta y la abre con dulzura: está decidido; escoge un cuchillo, el más grande, y lo toman con seguridad y eficiencia sus deditos tiernos, el delicioso rencor que está a punto de vengarse.
     Matías abandona la linterna sobre una barra y se dirige, en la más absoluta obscuridad, a ese cuarto: aun con siete años, no tiene dudas. La puerta se abre con facilidad, como invitándolo a proceder, y procede —el espíritu de dicha rebosado, la boca sonriéndole de gusto— a atravesarle de un tajo el corazón: papá, aquí te mueres; la redonda panza, sin problemas, varias veces: a rajársela; hasta que el cuerpo queda hecho jiras, mierda: al fin, muerto.
     Entonces, sólo entonces, Matías puede quedarse tranquilo, olvidar las cintarizas, los puñetazos, las patadas. Se consumen en su pecho los resentimientos, los castigos de hincado cuatro horas contra la pared, las amenazas de te voy a chingar si me sales putito. Se siente aliviado. No sigue repasando las humillaciones de caminas como niña, lanzas la pelota como niña, esa vocecita emputecida de los maricones. Imaginar que mata a su papá vívida, minuciosamente, lo ayuda a liberarse.
     Aunque a veces, cuando son demasiado sanguinarias, Matías regresa de sus fantasías con un ligero resabio de culpa. Pero le dura poco: apenas dos o tres buenas patadas en las nalgas: camina como los hombres; un par de reatazos en las piernas, en la espalda: habla fuerte, chingado, parece que no tienes güevos; después de lo cual puede volver a fantasear sin consideraciones con aniquilar a su padre: rebanarle el cuello, pasarle el filo del cuchillo por la cara, clavárselo en el sexo. Hasta que queda satisfecho, congraciado con la vida: están su papá y él a mano.

Texto publicado en el número 15 de la revista Altanoche y en el volumen 2, número 10, de la edición mexicana de la revista Vice

El final de las metáforas

Supongo que en algún momento de la vida de todo escritor las metáforas se acaban, y entonces siente, aliviado, algo que no les voy a explicar ahora porque, por supuesto, aún no lo entiendo.

Falso escritor en el centro de la Tierra pide auxilio desesperadamente

¿Cómo hago para no dar un paso en falso y caer, irremisiblemente, en la resbaladiza espiral de la depresión, un paso en falso e irme de bruces, cuesta abajo, por el fluido tobogán de la depresión, un paso en falso y, en un dos por tres, ser tragado por esa tumba tibia en el fondo de la Tierra a la que suelo retornar de vez en vez, esa tumba íntima y hospitalaria, confortable y segura, la soledad conocida de siempre, la maldita soledad que me ahoga y, a un mismo tiempo, me salva de la frustración?

Primero fue una tímida sospecha. Después, un temor sostenido. Al final, llegaron la certeza y el terror aparejados: no era escritor.
     Pero a esa certeza y el terror consecuente se sumaron, en algún punto, una nueva sospecha y, tiempo después, un temor creciente que desembocó en el mar abierto de mi apocalipsis personal: jamás llegaría a serlo, nunca sería un escritor hecho y derecho.

¿Qué puede hacerse ante lo irremediable?
     Alguna vez escribí unos versitos. Después, una canción que musicalizó una banda de punk en los tiempos en que fui estudiante de contabilidad. En otra ocasión, el cuento de un joven estudiante de contabilidad a quien, en el fondo, no le interesaban los números ni la universidad ni el futuro promisorio que sus padres le auguraban a condición de seguir por ese camino. Y eso es todo. He ahí un resumen claro y lo suficientemente detallado de mi obra literaria.
     Lo dicho, Santiago: no eres escritor.

¿Qué puede hacerse, si es que algo puede hacerse, ante lo irremediable, ante los años que se acumulan, uno sobre otro, uno junto a otro, y forman un cúmulo de vejez extraordinario? ¿Qué ante las cuentas alegres con que me consuelo —todavía queda tiempo para abrazar lo que amas, Santiago— o ante las infelices cuentas con que estallo en mil pedazos —el mundo se va desbaratando poco a poco, al menos para ti—?
     ¿Qué puede hacerse, de verdad, si la vida, en este punto, es una sucesión ridícula de cosas por hacer: abrir los ojos-remover la cobija-verse la cara frente al espejo-cepillarse a conciencia los dientes-encender el bóiler-servirse una, dos tazas de café-correr la cortina de la regadera-girar la perilla-cerrar los ojos bajo el chorro del agua-secar el cuerpo con una toalla-vestir ese cuerpo con un bien planchado traje-sortear el tráfico de camino a un cubículo aterrador-encender la computadora y darle cuerda, desde ahí, al engranaje de los números de la empresa-dos horas para comer- una tarde tediosa en el incesante traqueteo de los teclados-algún esporádico vistazo a las cuentas por pagar-una copa después del trabajo-el regreso a casa- un poco de televisión-los ojos bien cerrados-el sueño, estremecedor, de volver a empezar?
     La rutina. El imperio de los pendientes. Y yo me dejo llevar, con relativa facilidad, de aquí para allá, inerme, flácido, por una fuerza que me domina. Apenas puedo sobrellevarlo. Estoy completamente doblegado. Soy un monigote, no un escritor, y esta última verdad, Santiago, es la cereza de la mierda de pastel que es tu vida.

El mundo se va desbaratando poco a poco, al menos para ti, el nunca en la vida laureado escritor Santiago Sau.

Sábado por la tarde, y recuerdas que soy escritor. Los dedos, impacientes, acarician el teclado, configuran, con las yemas excitadas, encendidas y furiosas, un futuro insospechado, pero pocas veces, como ahora, llegas más allá de escribir algún título, Falso escritor en el centro de la Tierra pide auxilio desesperadamente, por ejemplo, y de escribir mi nombre: Santiago Sau.
     Sólo eso. Después llega el lunes, contadorcillo de quinta, y a lo suyo.

¿Cómo hago para no caer en el núcleo abrasador de la Tierra, en brazos de la soledad más ensordecedora, una vida de cincuenta y tantos sin hijos ni libros, sin más esposa que la frustración?
     Cómo hago para no dar un paso en falso y, tras un segundo, caer a lo más profundo? ¿Cómo hago para evitarlo o, en su caso, como ahora, salir de allí?
     Formulo estas preguntas desde las entrañas de la abulia, ahogado en el imponente sopor al que la depresión me entrega, desde el centro mismo de la Tierra.
     Formulo estas preguntas y pido auxilio por si acaso algún lector las encontrara y, de algún modo, pese a lo breve de este documento, me devolviera la ilusión, a estas alturas de mi vida, de llegar a ser, algún día, escritor.

Texto publicado en errr-magazine.com el 25 de marzo de 2014

Éxtasis

Soy un hombre sencillo. Amo. Sonrío. Algunas veces sufro. Algunas veces lloro. Soy empático. Río o lloro con mis amigos cuando la ocasión lo amerita. Amo siempre de verdad. A todos aquellos que alguna vez me dedicaron una sonrisa. A los cómplices de esta dulce fechoría. No hay medias tintas. No hay agua tibia. Amo. La vida se hizo para que yo, un día cualquiera, en este momento, por ejemplo, sienta que el amor fluye por todo mi cuerpo.

Los niños grandes

El problema, Francisca, no es que no puedas hacer las cosas. Todo puedes hacerlo y llegar hasta donde quieras… O casi, pues, a punto de alcanzar tus metas, o cuando ya las has alcanzado pero tienes que mantenerte ahí, hace su temible aparición el boicot. Pero no es algo externo, ¿eh?, sino que dentro de ti, poco a poco, empieza a gestarse la gran zancadilla, una patada en el culo a todo tu esfuerzo. Empiezas a desbaratar, con viveza incluso, todo aquello que habías alcanzado o construido. Claro que siempre, al final, tienes que echarle la culpa a alguien más, ¿de acuerdo? Así somos los niños grandes.

De un tiempo a esta parte, y cada vez con mayor frecuencia, están llegando a las consultas de siquiatras y sicólogos, y también a las urgencias de los hospitales, casos de personas, en su mayoría jóvenes al inicio de la edad adulta, que sienten una especie de caos personal que incluso puede poner en riesgo su vida.
     Estos individuos se sienten consigo mismos en un casi permanente estado de confusión, como si no tuvieran una identidad que los sujetara a la realidad.
     Padecen verdaderas dificultades para regular sus necesidades por sí mismos —de ahí que sean llamados niños grandes—, por lo que se encuentran a merced de sus propios impulsos, a los que no saben poner un límite.
     Viven en una permanente inestabilidad emocional, en una especie de montaña rusa de la cual, y esto es lo grave del problema, pueden salir despedidos en cualquier momento.


Me levanté, ¿y sabes qué vi? Mi cuarto hecho un auténtico desastre: la ropa tirada por todas partes, pisoteada, sucia, miles de envolturas de comida con restos descompuestos, semen en las almohadas, en las cobijas, ceniza de cigarro sobre los muebles, latas lo mismo de cerveza que de que de refresco adheridas a la televisión, todo revuelto, confundido, perdido. ¿Cuánto tenía así? Bien a bien, no lo sé. Pero no tenía mucho, ¿ah? Recuerda que tú me visitaste ¿qué?, ¿hace un par de meses?, y todo estaba limpio, ordenado o, al menos, habitable.

Los niños grandes pueden experimentar miedo y mayor inseguridad en sí mismos cuando están, precisamente, a punto de conseguir algo importante para ellos, lo cual los lleva a retroceder. Esto significa, por ejemplo, dejar los estudios justo antes de graduarse, destruir una relación cuando parece que funciona o fallar en el trabajo.

No sabía a qué atribuirle lo que había pasado. ¡Todo iba tan bien! Mi relación con Daniel, mis prácticas en González-Marshall y Asociados, mi rutina en el gimnasio —había conseguido que empezaran a notárseme frente al espejo, aunque el trazo era aún muy tenue, los oblicuos—, el nuevo departamento, las tardes en que solía ir a dar la vuelta por ahí en bicicleta, ¿recuerdas? Pero un día, por una estupidez, todo eso se acabó. ¡Pum, a la mierda! Se jodió. Valió madre. Dejé de ir al despacho, de salir a pasear, de ver a Daniel. Incluso abandoné la muy saludable costumbre de bañarme todos los días. ¿Y sabes, Francisca, qué fue? El pavo.

Viven, pues, constantemente en los extremos. Pasan con relativa facilidad de la euforia a la depresión, del amor al odio, de la ingenua credulidad a la desconfianza paranoide, del amor al odio, y todo porque su estructura mental no les permite integrar, sicológicamente hablando, los matices, degradaciones ni ambivalencias: es un todo o nada.

Sí, el pavo. ¿Recuerdas la cena de navidad? ¿Que me dieron un pavo en el despacho que yo te di tal cual para que lo prepararas? Íbamos a pasar una linda navidad, ¿verdad? Daniel se había ido a San Antonio para estar con sus papás, pero nosotros no nos quedaríamos atrás: nuestra celebración sería estupenda. Y así fue: rellenaste el pavo con fruta cristalizada y lo preparaste con una receta que te dio nuestro amigo el chef, y además hiciste una pasta deliciosa en crema de chile poblano y un puré de papa como no había probado en la vida y unos panecillos rellenos de queso crema y mermelada de zarzamora francamente inolvidables, y entre una cosa y otra nos zampamos no sé cuántas botellas de sidra, no sé cuántos chocolatitos con toda clase de rellenos coloridos. Éramos los mejores amigos y esa era la primera vez que decidíamos no pasar la navidad en familia.
     ¿Y después de la cena? Pues, los regalos, los abrazos, las fotografías. Nos tomamos muchas fotos y también vimos algunas comedias y nos reímos a rabiar. Hasta que terminamos rendidos, ¿te acuerdas? Rendidos y muy llenos. Y fue eso, Francisca: yo estaba a dieta.

La autoimagen también cambia rápidamente: de extremadamente positiva a extremadamente negativa.
     Existe en los niños grandes la tendencia a establecer expectativas demasiado elevadas y poco realistas sobre sí, lo que termina dando lugar a una intensa disforia, esto es, a una combinación de depresión, ansiedad e ira y vergüenza contra ellos mismos: sienten de un modo intenso casi cualquier emoción dolorosa a la vez.


Lo peor es que no me di cuenta de inmediato, ¿sabes? O sí. Me di cuenta de que la había cagado: deseaba que, al volver de Texas, Daniel me encontrara perfecto, pero esa nochebuena había acabado para siempre con mis sueños, y de aquella sugerencia de oblicuos que había empezado a dibujarse en mi abdomen no quedaba absolutamente nada. Nada. Era un auténtico marrano.
     Tendría que haberte dicho: no, Francisca, yo como lechuga, y no esa fruta cristalizada, que es pura azúcar, y no esa carne jugosa ahogada en un baño de luminosa mantequilla. Me como un pan integral si gustas, debí decirte, pero no me acerques esos panecillos perversos en cuyo interior acecha medio kilo de queso crema con mermelada de zarzamora, y después reírme. Reírme y disculparme: por favor, Francisca, sé que eres una excelente cocinera, pero no puedo, gracias.
     Pero no. No me negué ni me disculpé ni hice el más mínimo intento por dejar, aunque fuera un minuto, de atragantarme con todo aquello.

El pensamiento psicótico a menudo se desarrolla cuando la disforia se acentúa.
     Debido a estos padecimientos se dice que los niños grandes viven en el límite entre la realidad y la sicosis.
     El principal síntoma psicótico son las distorsiones perceptivas. Los caracteres psicóticos dominantes se centran alrededor de los sentimientos de derrotismo, sentido de maldad, cólera y autodestrucción.


Y hoy en la mañana me levanté y me di cuenta de que tenía el departamento hecho un chiquero. Entonces, empecé a sacar cuentas, y sí: he dejado de hacer mil cosas, cosas que, si cualquiera me hubiera preguntado justo antes de navidad, le habría dicho que eran fundamentales para mí. Ni siquiera he permitido que Daniel me vea en este estado. ¿Y todo por qué? Por ese maldito pavo. Tenía que tragármelo todo, hartarme hasta el infinito, como siempre. Me comí dos platos de pavo, Francisca, ¡dos! Y después, no conforme con eso, me zampé… ¿cuántos platos de pasta? ¿Dos, dices? Fueron más, estoy seguro. ¡Estaba desatado! Yo que me había dicho: ahí la llevas, te estás poniendo cada vez más guapo. Tres debí comerme, a lo menos. O más incluso. Y luego esos malditos panes. ¡Fueron cientos! Por cierto, ¿por qué retacaste el pavo de fruta cristalizada si sabías que estaba a dieta? Perdóname que te lo diga, Francisca, pero fue muy desconsiderado de tu parte. ¿Sí recuerdas quién puso el pavo, verdad? Sí, qué linda fuiste al invitarme a tu departamento para pasar juntos la nochebuena, pero preparaste el pavo como se te dio la gana. Fruta cristalizada. Te valió madre que estuviera a dieta, ¿no? ¿Qué querías que cenara? ¿O esperabas que no cenara, más bien? No, perdóname mucho, Francisca, pero es hora de que te diga las cosas COMO SON.

Un patrón de relaciones interpersonales inestables e intensas caracterizado por extremos de idealización y devaluación es también parte de los síntomas de los niños grandes.
     Es frecuente que estos sujetos, cuando perciben que una persona a la que habían idealizado muestra despreocupación por ellos, desencadenen una ira inapropiada.
     Pueden mostrar sarcasmo extremo, amargura persistente y explosiones verbales, expresiones que suelen estar seguidas de pena y culpabilidad, lo que contribuye a acentuar en ellos el sentimiento de que son malos.


Los textos en cursiva son ligeras adaptaciones de artículos que aparecen en usuarios.discapnet.es/border.

Texto publicado en errr-magazine.com el 17 de marzo de 2014

La renuncia

A partir de hoy, lo anuncio ampliamente, renuncio a la búsqueda inútil, dentro de esta estúpida existencia, de que alguien, alguno, quien sea me mire a los ojos y me diga, Iván, eres tú.