Joto y su príncipe azul

Si alguien se acuesta con hombre como si se acostara con una mujer,
se condenará a muerte a los dos,
y serán responsables de su propia muerte,
pues cometieron un acto infame.

Levítico, 20:13



—¿Quieres un cigarro? —me preguntó el taxista, un hombre cuarentón, alto, medianamente atractivo, con cara de matón, pero de esos matones que no matan una mosca. Al menos eso me pareció en cuanto lo vi.
     Era la noche más cálida de agosto en una ciudad desde siempre condenada al infierno.
     —¿Quieres un cigarro, güero? —insistió.
     —Sí… gracias… —alcancé a responder con un hilito de voz. Jamás en la vida, ni por error, había fumado, pero ¿acaso eso importaba? Era la noche más cálida de agosto y yo, a decir verdad, estaba que ardía.
     Acto seguido, se estiró en el asiento y rescató de uno de los bolsillos de sus ajustadísimos pantalones de mezclilla unos delicados sin filtro.
     Yo, no sé por qué, o quizá porque desde que salí de casa estaba decidido a quitarme la virginidad de encima a como diera lugar, me había sentado a su lado y no dejé ir la oportunidad de ver de reojo, casi como por descuido, el enorme paquete de su entrepierna.
     —¿Te gusta? —lanzó.
     —¿Eh…? Disculpe…
     —¿Fumar cigarros sin filtro? —completó. Y dejó escapar una sonrisa burlona absolutamente encantadora.
     Era la noche más cálida de agosto, la más sofocante. Todo aquello me robaba el aliento. Tenía empapados de sudor el cuello, la espalda. Y, cuando menos pensé, ya no fue necesario que el taxista me ofreciera fuego para encender aquel cigarro, pues la ciudad entera era arrasada por las llamas, y yo, a mis catorce años, quería que esas llamas me abrasaran, consumieran, capa por capa, la carne de mis huesos, licuaran todas mis partes blandas, me desfiguraran por completo y, al final, si era preciso, redujeran cuanto hubiera sido de mi cuerpo a simples cenizas.
     Era la noche más cálida de agosto y, cuando menos pensé, ya se la estaba mamando.

La Generala, como algunos llamaban a mamá, jamás lo habría consentido. ¿Tener un hijo homosexual? ¡Ni loca! Sus sobrinos, todos tan altos, tan guapos, tan novieros, ¿y su hijo joto? Sobre su cadáver.
     Muchas veces quizá intuyó esa mala semilla que había en mí. Por eso no era raro que hiciera comentarios sobre su irrenunciable desprecio a esos que ella no se cansaba en llamar mamarrachos: qué asco, qué pecado, ¿qué no tienen padres que los metan en cintura?, ¡maten a esos malnacidos, ya no se puede voltear a ningún sitio sin encontrarse a uno, Dios santo!
     —¿Verdad, hijo, que son un asco y no hay que tolerarlos, que más valdría que los mataran?
     No había forma de contradecirla en ningún tema, ni qué decir de este —hacerlo alguna vez por algo mucho menos grave ya me había costado una paliza—, así que yo, con la voz apenas audible que me caracterizaba, contestaba siempre lo que ella quería escuchar: son un asco, no hay que tolerarlos, que los maten.

—Toda. Trágatela toda —me dijo el taxista, pero aquello no era una sugerencia: me jaló de la nuca y su verga se incrustó en mi garganta.
     Era la noche más cálida de agosto y las llamas arrasaban la ciudad, pero, de pronto, ya no quería fundirme en una hoguera ni ser reducido al polvo del que venimos ni entregar mi vida por una pasión que, sin darme cuenta, se había convertido en escarcha.
     Quería escapar a toda costa. Y respirar. Quería respirar porque aquella monstruosidad, la verga que en principio me pareció perfecta —grande, gruesa, una verga con olor a verga de hombre de verdad, la primera verga, por cierto, que probaba en la vida— me ahogaba. Quería sacarme esa maldita verga de la garganta e irme de ahí porque, de un segundo a otro, la ciudad más cálida del país, el infierno en la tierra, como era conocida en todos lados, se tornó gélida, bien podía notarlo en la piel y en la sangre y en la columna vertebral de arriba abajo. Estaba muerto de miedo.

Me habría gustado, mil veces se lo confesé en secreto a Rosario, mi mejor amiga de la escuela, conocer a un chico, coquetear con él, que, de pronto, me invitara a algún lado, al cine, por ejemplo, y que fuera por mí a la casa y mi padre lo interrogara: ¿es usted un buen estudiante, jovencito?, ¿puedo confiarle a mi único hijo?, y que después él mismo, mi padre —ay, mi padre…—, nos fuera a dejar a la función de las cinco de los Cinemas Gemelos. Me habría encantado, se lo decía siempre a Rosario, que después de dos o tres salidas aquel niño me pidiera ser su novio y me presentara a su familia, que sus papás nos dejaran andar a condición de no descuidar los estudios. Todo lo había imaginado. Muchas veces me había quedado hasta la madrugada soñando despierto.
     —La Generala jamás va a permitirlo —me paraba en seco Rosario—. Primero te mata.
     Tenía razón. Tal vez si mi padre no hubiera muerto cuando yo tenía dos años… Pero ya no tenía remedio.

El taxista se cansó de cogerme por la boca y, con una sola mano, me agarró de la cara y la acercó a la suya. Pensé que iba a besarme y a darme las gracias, pero, en vez de eso, me lanzó un escupitajo, me aventó al suelo y me agarró a patadas.
     —¿Esto querías, puto de mierda?
     Yo no sabía en qué lugar apartado de la ciudad estábamos ni me importaba. Sólo quería que acabara todo aquello. Me juré, en secreto, no volver a desobedecer a mamá. Aunque esa era la primera vez, jamás volvería a salir en medio de la noche, a escondidas, en busca de una aventura.
     —Agárrate, putito, porque apenas va a empezar lo bueno —me advirtió el taxista y, aunque de aquel fuego nocturno que me llevó a salir de casa ya no quedaba nada, una llamarada igual de intensa, pero distinta, me abrasó por dentro.

Todo le era dable exigir: excelencia académica, que cumpliera a tiempo y a la perfección con las labores de la casa que me encomendaba, que jamás en la vida me atreviera a contradecirla. Si no la complacía, no servía yo para nada, una tunda de bofetadas, ¿para esto había tenido ella un hijo?
     Su favorita era:
     —Si tu padre viviera… ¡Me tienes harta!
     Por eso le decían la Generala: nada de saliditas ni de fiestas con los de la escuela ni de andar recibiendo visitas, ¿qué es esto: un hotel?
     Así era mi madre. Yo la odiaba. Algunas veces deseaba matarme para vengarme de sus palabras. Otras, en cambio, quería morirme sólo para estar tranquilo. Algunas más pensaba que, si me moría, podría reencarnar en una niña tan linda y resuelta como mi amiga Rosario, y así no tendría que lidiar con la aberración de ser un chico al que le gustan otros chicos. Lo cierto es que siempre, pero siempre siempre, quería morirme.

Fue un estallido en medio de la nada. Y, aunque la noche estaba cerrada y oscurísima, una espuma blanca me llenó los ojos, y después fueron flashazos de luz que iban y venían, iban y venían.
     No podía más. La mierda me escurría por las piernas. Estaba completamente cagado. Todo me ardía por dentro y/
     —¿Esto es lo que querías, no, chiquito? —oí una voz. Sabía que era la de él, pero podía ser la de cualquiera. Supongo que, aunque mi cuerpo estaba ahí, yo ya me había desdoblado.
     —¿Esto querías, no?
     —Y respondí con un hilito de voz más delgado aun que aquel con el que solía hablar. Dije: no.
     —¿Ah, no? —se sacó el cinturón del pantalón—. Atrévete a decirme otra vez que no, hijo de tu puta madre —y lo alzó en el aire—. Vuélveme a decir que no, mierdita.
     Pero ya no me dio tiempo de responder.

La Generala me enseñó a tal punto a despreciar a los homosexuales —y quizá, ahora que lo pienso, no era tanto que mi madre los odiara, sino que me odiaba a mí— que mis fantasías empezaron a transformarse. Dejé de pensar en mí como un chico que encontraba a otro chico para ser felices los dos. Una noche, por ejemplo, soñé —y lo soñé tanto que me amanecí soñándolo— que me convertía en princesa. Sí, una princesa que, en su tierna juventud, encuentra al príncipe azul de su vida. Mi media naranja en la figura de un valeroso caballero que, ni tardo ni perezoso, me confesaba: pequeña, mi más caro deseo es hacerte feliz.
     Por eso, cuando alguna vez, ya en la secundaria, la Georgie, como le decíamos al maricón del salón, me propuso ser su novio sin que, según yo, le hubiera dado ningún motivo, me pareció una aberración, lo vi con todo el asco del que era capaz y le pregunté, casi a gritos, si estaba loco, por qué mierda me decía a mí aquello, que si yo tenía cara de joto, como él, y lo empujé y lo tiré al suelo y, aunque jamás me había atrevido a golpear a nadie, me monté sobre él y no dejé de pegarle hasta que me lo arrebataron de las manos.
     Después de eso, Rosario jamás volvió a hablarme.

Cuando ya no tenía más fuerzas para suplicar, el taxista soltó el cinturón y me arrancó a jalones la poca ropa que me quedaba. Aún la tenía parada y vi en sus ojos que estaba dispuesto a continuar las cosas por donde las había dejado.
     Entonces fue cuando grité. Grité como nunca había tenido el valor de gritarle a mi madre. Grité como nunca pude gritar ante toda la escuela que sí, que yo era joto. Grité como no pude gritarle a Dios, a la vida, por haberse llevado a papá y dejarme con la Generala. Grité y, sin saber ni cómo, salí corriendo en medio de no sé dónde. Corrí con todas las fuerzas que creía perdidas. Corrí y corrí y corrí. El aire chocaba contra mi cuerpo desnudo y sentí, por un momento, que esa era la libertad. Después hubo un estruendo y, al instante, tuve la sensación de que de mi espalda manaban lenguas de fuego, pero, aun así, no dejaba de correr. Seguí corriendo aún por horas, hasta que choqué con un príncipe azul que, al verme, me cargó en brazos, me acunó contra su pecho y juntos cruzamos, así, un arco de flores.

Texto publicado el 1 de abril de 2014 en errr-magazine.com

Ansiedad I

Me hace falta una lluvia de basura, lodo en los tenis, el sabor de una cerveza caliente y aquellas ganas impostergables de sacármela y mear en un vaso de cartón. Quiero que empiece a tocar la banda y hacerme mierda en el slam. Necesito sudar y olvidarme de casi todo lo demás.

El ingenio de Matías

Matías empuña con firmeza una vieja linterna que robó de la caja de herramienta. Un extenuado hilo de luz se abre paso, con dificultad, a través del pasillo, por el cual Matías avanza lenta, sigilosamente, con la aguda mirada de los gatos. El odio le frunce el entrecejo. Matías llega a la cocina: que no se despierte; alcanza una gaveta y la abre con dulzura: está decidido; escoge un cuchillo, el más grande, y lo toman con seguridad y eficiencia sus deditos tiernos, el delicioso rencor que está a punto de vengarse.
     Matías abandona la linterna sobre una barra y se dirige, en la más absoluta obscuridad, a ese cuarto: aun con siete años, no tiene dudas. La puerta se abre con facilidad, como invitándolo a proceder, y procede —el espíritu de dicha rebosado, la boca sonriéndole de gusto— a atravesarle de un tajo el corazón: papá, aquí te mueres; la redonda panza, sin problemas, varias veces: a rajársela; hasta que el cuerpo queda hecho jiras, mierda: al fin, muerto.
     Entonces, sólo entonces, Matías puede quedarse tranquilo, olvidar las cintarizas, los puñetazos, las patadas. Se consumen en su pecho los resentimientos, los castigos de hincado cuatro horas contra la pared, las amenazas de te voy a chingar si me sales putito. Se siente aliviado. No sigue repasando las humillaciones de caminas como niña, lanzas la pelota como niña, esa vocecita emputecida de los maricones. Imaginar que mata a su papá vívida, minuciosamente, lo ayuda a liberarse.
     Aunque a veces, cuando son demasiado sanguinarias, Matías regresa de sus fantasías con un ligero resabio de culpa. Pero le dura poco: apenas dos o tres buenas patadas en las nalgas: camina como los hombres; un par de reatazos en las piernas, en la espalda: habla fuerte, chingado, parece que no tienes güevos; después de lo cual puede volver a fantasear sin consideraciones con aniquilar a su padre: rebanarle el cuello, pasarle el filo del cuchillo por la cara, clavárselo en el sexo. Hasta que queda satisfecho, congraciado con la vida: están su papá y él a mano.

Texto publicado en el número 15 de la revista Altanoche y en el volumen 2, número 10, de la edición mexicana de la revista Vice

El final de las metáforas

Supongo que en algún momento de la vida de todo escritor las metáforas se acaban, y entonces siente, aliviado, algo que no les voy a explicar ahora porque, por supuesto, aún no lo entiendo.

Falso escritor en el centro de la Tierra pide auxilio desesperadamente

¿Cómo hago para no dar un paso en falso y caer, irremisiblemente, en la resbaladiza espiral de la depresión, un paso en falso e irme de bruces, cuesta abajo, por el fluido tobogán de la depresión, un paso en falso y, en un dos por tres, ser tragado por esa tumba tibia en el fondo de la Tierra a la que suelo retornar de vez en vez, esa tumba íntima y hospitalaria, confortable y segura, la soledad conocida de siempre, la maldita soledad que me ahoga y, a un mismo tiempo, me salva de la frustración?

Primero fue una tímida sospecha. Después, un temor sostenido. Al final, llegaron la certeza y el terror aparejados: no era escritor.
     Pero a esa certeza y el terror consecuente se sumaron, en algún punto, una nueva sospecha y, tiempo después, un temor creciente que desembocó en el mar abierto de mi apocalipsis personal: jamás llegaría a serlo, nunca sería un escritor hecho y derecho.

¿Qué puede hacerse ante lo irremediable?
     Alguna vez escribí unos versitos. Después, una canción que musicalizó una banda de punk en los tiempos en que fui estudiante de contabilidad. En otra ocasión, el cuento de un joven estudiante de contabilidad a quien, en el fondo, no le interesaban los números ni la universidad ni el futuro promisorio que sus padres le auguraban a condición de seguir por ese camino. Y eso es todo. He ahí un resumen claro y lo suficientemente detallado de mi obra literaria.
     Lo dicho, Santiago: no eres escritor.

¿Qué puede hacerse, si es que algo puede hacerse, ante lo irremediable, ante los años que se acumulan, uno sobre otro, uno junto a otro, y forman un cúmulo de vejez extraordinario? ¿Qué ante las cuentas alegres con que me consuelo —todavía queda tiempo para abrazar lo que amas, Santiago— o ante las infelices cuentas con que estallo en mil pedazos —el mundo se va desbaratando poco a poco, al menos para ti—?
     ¿Qué puede hacerse, de verdad, si la vida, en este punto, es una sucesión ridícula de cosas por hacer: abrir los ojos-remover la cobija-verse la cara frente al espejo-cepillarse a conciencia los dientes-encender el bóiler-servirse una, dos tazas de café-correr la cortina de la regadera-girar la perilla-cerrar los ojos bajo el chorro del agua-secar el cuerpo con una toalla-vestir ese cuerpo con un bien planchado traje-sortear el tráfico de camino a un cubículo aterrador-encender la computadora y darle cuerda, desde ahí, al engranaje de los números de la empresa-dos horas para comer- una tarde tediosa en el incesante traqueteo de los teclados-algún esporádico vistazo a las cuentas por pagar-una copa después del trabajo-el regreso a casa- un poco de televisión-los ojos bien cerrados-el sueño, estremecedor, de volver a empezar?
     La rutina. El imperio de los pendientes. Y yo me dejo llevar, con relativa facilidad, de aquí para allá, inerme, flácido, por una fuerza que me domina. Apenas puedo sobrellevarlo. Estoy completamente doblegado. Soy un monigote, no un escritor, y esta última verdad, Santiago, es la cereza de la mierda de pastel que es tu vida.

El mundo se va desbaratando poco a poco, al menos para ti, el nunca en la vida laureado escritor Santiago Sau.

Sábado por la tarde, y recuerdas que soy escritor. Los dedos, impacientes, acarician el teclado, configuran, con las yemas excitadas, encendidas y furiosas, un futuro insospechado, pero pocas veces, como ahora, llegas más allá de escribir algún título, Falso escritor en el centro de la Tierra pide auxilio desesperadamente, por ejemplo, y de escribir mi nombre: Santiago Sau.
     Sólo eso. Después llega el lunes, contadorcillo de quinta, y a lo suyo.

¿Cómo hago para no caer en el núcleo abrasador de la Tierra, en brazos de la soledad más ensordecedora, una vida de cincuenta y tantos sin hijos ni libros, sin más esposa que la frustración?
     Cómo hago para no dar un paso en falso y, tras un segundo, caer a lo más profundo? ¿Cómo hago para evitarlo o, en su caso, como ahora, salir de allí?
     Formulo estas preguntas desde las entrañas de la abulia, ahogado en el imponente sopor al que la depresión me entrega, desde el centro mismo de la Tierra.
     Formulo estas preguntas y pido auxilio por si acaso algún lector las encontrara y, de algún modo, pese a lo breve de este documento, me devolviera la ilusión, a estas alturas de mi vida, de llegar a ser, algún día, escritor.

Texto publicado en errr-magazine.com el 25 de marzo de 2014

Éxtasis

Soy un hombre sencillo. Amo. Sonrío. Algunas veces sufro. Algunas veces lloro. Soy empático. Río o lloro con mis amigos cuando la ocasión lo amerita. Amo siempre de verdad. A todos aquellos que alguna vez me dedicaron una sonrisa. A los cómplices de esta dulce fechoría. No hay medias tintas. No hay agua tibia. Amo. La vida se hizo para que yo, un día cualquiera, en este momento, por ejemplo, sienta que el amor fluye por todo mi cuerpo.