La pileta

Nos bañábamos en la pileta que estaba en el patio, junto a la lavadora, cuando sabíamos que papá iba a tardar en regresar a casa. Mamá la llenaba de agua fresca, recién nacida de la manguera, y nos decía cuidado, niños, no se vayan a resbalar. Era una pileta estrecha y bajita: apenas cabía el cuerpecito larguirucho de Ariel, mi hermano, que entonces tendría unos cuatro, cinco años, y yo debía sentarme con las piernas bien cruzadas si quería que, a mis diez u once, el agua me llegara hasta los hombros. Pileta, pileta, piletaaaa, me gritaba Ariel en la cara con los ojos bien abiertos, extasiado, y mamá: no se tarden mucho, que papá llega y los saca de los pelos. Además, luego se les ponen las manos de viejito, ¿eh?, nos advertía.
     A papá no le gustaba que nos bañáramos en la pileta. Nos lo tenía terminantemente prohibido. Nada de juegos, decía, a bañarse en la regadera. Uno por uno, subrayaba, nada de juegos. Pero, cuando él no estaba, nos pasábamos horas enteras chapoteando en ese cubo diminuto de cemento, hasta que, de pronto, Ariel se agotaba de brincar, de romper a manotazos los destellos del sol sobre el cristal de agua, y optaba entonces por manipular monitos de plástico desgastados y efímeros navíos de papel sentado en mis piernas, somnoliento. Y era ahí, mientras se enfrentaban débiles monstruos acuáticos contra maltrechas embarcaciones que se dormían, que mi pequeño pene cobraba vida y, hábilmente, se deslizaba adentro de su trusa, Ariel hundía barcos vencidos en silencio y yo, en una irresistible grieta submarina, hundía también un secreto oscuro y delicioso.

Texto publicado en la revista electrónica Letras Explícitas

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  1. ivansierra ha publicado esto